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Enano cabeza de pájaro bomba
Roberto se adelantó hasta el poste y trató de ver si venía el presidente. El negro Livino corrió hacia la furgoneta que estaba parada en un costado de la calle pero se tropezó con una radio vieja que alguien había botado y arrastró su corbata por unos cuantos centímetros en el piso. Roberto pudo ver como los tres hombres del techo se reían de lo mal que había caído el negro Livino. Ignacio y Onorino dieron la señal. El enano con ese síndrome raro salió del edificio donde le habían puesto la carga de explosivos. Los que sabían lo que su ropa ocultaba se apartaron con prudencia.
—El presidente ya está llegando— gritó Roberto para que Livino se terminara de meter en la furgoneta.
El mandatario nacional, que venía de dar ese emotivo discurso en el hemiciclo del parlamento, giró en la esquina con un gran número de seguidores agitando sus manos como era su estilo. Sus guardaespaldas parecían haber perdido el control de la situación y la gente se abalanzaba contra la figura robusta del presidente. El mentón del mandatario apuntó hacia el Panteón Nacional para preguntarle a su oficial en jefe si debía seguir en esa dirección. El edecán como pudo asintió con un gesto mientras con el sable sostenía a dos viejas que querían abrazar al presidente.
El enano cabeza de pájaro empezó a saltar de emoción cuando supo que el presidente ya estaba llegando. Roberto instintivamente se escondió detrás del poste; por si las moscas. Dentro de la furgoneta el negro Livino encendió la luz del control remoto que haría explotar la dinamita.
El presidente quiso abrazar a una mujer joven y sudorosa que le sonreía. Sus senos se limpiaron por dos segundos con la banda tricolor que llevaba puesta el mandatario nacional. Los hombres del techo se ocultaron para no ser vistos. Uno de ellos, el más joven, miró atentamente a la mujer que en ese momento abrazaba al presidente, no quería matar de un balazo a esa linda polla, la misión de ellos era disparar sus armas una vez fuera detonada la carga para darle oportunidad a la furgoneta de perderse en el caos. Pertenecían a la división de inteligencia de la policía nacional, luego nadie podría dudar que dispararan en defensa de los intereses de la nación.
A esa polla no le pegaría ni medio balazo aunque quisiera, pensó el joven justo antes de persignarse.
Roberto suspiró y se acercó prudentemente al enano cabeza de pájaro. El sudor le empapaba hasta las solapas. La oleada de gente se aproximaba y el griterío era ensordecedor.
—Abrázalo cuando lo veas—le gritó al bobo mientras señalaba con su dedo la masa de gente que desembocaba por el bulevar que lleva al Panteón Nacional.
—¡Viva, el presi, viva!— oyó de la boca del zopenco bomba.
Cuando vio su misión cumplida corrió lo más que pudo entre la gente para ponerse a salvo. No podía ver al presidente desde la calle lateral, pero oía el griterío de la gente. Todavía pudo ver algunas personas que corrían en dirección del bulevar para integrarse a la multitud. Un helicóptero cacareaba en el aire. Levantó la vista para ver si era el de la fuerza aérea o el de los periodistas. Tenía en la mano derecha un wokitoqui que cabía en su palma. Cuando confirmó que era el helicóptero de la televisora, buscó comunicarse.
—Levino, ¡Carajo!, es todo tuyo. No falles o nos vamos pa’ la mierda.
Un olor pestilente que provenía de una alcantarilla abierta le hizo pensar en malos agüeros.
Ocho mujeres con pancartas rojas y banderas venían muy pegadas al presidente desde la plazoleta hacia el panteón, una de ellas llevaba un gato raquítico que miraba con ojos de búho el atropello de la gente. Unas quince personas de luto salieron por la puerta de una funeraria y esa situación calmó un tanto los ánimos. El presidente de la republica se detuvo para darle personalmente sus condolencias a cada uno de ellos, especialmente a la madre del muerto que lloraba a mares. Esa condición le dio la oportunidad a los edecanes de controlar la situación y lograr crear un respiro en torno al presidente. Desde un balcón, una adolescente tiró un balde de papelillos rosados perfumados de Eau De Toilette Spray for Women. La escena parecía ahora una tropical estufa con nevada de seda que volaba por todos los rincones. El enano cabeza de pájaro se arrastró desesperadamente entre los muslos de la multitud y tentó las piernas del oficial. Con su dedo minúsculo señaló al presidente, que con tal escena de papelillos rosado le parecía realmente que estuviera viendo a una hada madrina disfrazada de gobernante
—¡Abrazo!, ¡abrazo!, al presi.
A golpe de gritos el oficial trataba de llamar la atención del presidente.
El dedo de Livino, en la furgoneta, temblaba sobre el botón del control remoto. Su amado uniforme de policía estaba mojado de sudor y roto por la aparatosa caída que se había dado. Tenía ambas palmas de las manos desolladas y le ardían con el sudor. Roberto ya había llegado hasta la esquina y solo aguardaba a la explosión. El también tenía los dos botones del sacó arrancados y a la corbata de seda se le había corrido un hilo. Miró a su alrededor. Lograba ver el culo de la furgoneta en la esquina y la cabeza de los dos hombres que asomaban tras los muros de la azotea del edificio.
El presidente vio la cara de pájaro del enano y aquellas manitas que ventilaban el espacio. Sí lo vio muy vestido, parecía un pichón el pobre bobo, un turpial con jaula y todo. Sintió que sobre su cabeza caía un rocío suave de plumas rosas. El presidente se inclinó para llamar a su lado al enano cabeza de pájaro pero su cara golpeó contra el bolso de una de las mujeres que había salido de la funeraria. Se había hecho una herida con la hebilla y empezó a sangrar. El oficial de los edecanes se preocupó al ver al presidente herido. Dos hombres ya habían tomado de las manos al enano cabeza de pájaro y se lo llevaban al presidente.
—Se raspó usted cerca del ojo mi presidente — le dijo el edecán - ¿quiere que abandonemos la marcha ahora?.
— ¡Qué mierda!, ves algún fotógrafo cerca.
— Están por todos lados.
El presidente sintió el peso de la sangre en el párpado derecho. Apoyó su mano sobre el hombro del oficial. Se dio vuelta para no ser retratado por un fotógrafo que lo acechaba con el lente del tamaño de un plato de circunferencia.
El enano cabeza de pájaro estaba lo suficientemente cerca como para dar por terminada la operación. El dedo de LIvino dudaba sobre el detonante. Sin embargo el hacerlo volar ahora no garantizaba el éxito del objetivo.
El presidente se había metido en un zaguán para verse la herida del ojo en una polvera que la jueza comunal del pueblo le había prestado. Aprovechó para empolvarse un poco la cara de espalda mientras dos edecanes lo ocultaban de la vista de todos. Se arregló la camisa que se le había salido del pantalón y la franja tricolor en el pecho, con la mano derecha tentó la cacha de su revólver compacto S&W 60 que llevaba siempre al cinto.
Livino había esperado todo ese tiempo con su dedo tieso sobre el botón del control remoto. Al enano cabeza de pájaro lo tenían los otros dos edecanes sujeto en un claro que la gente había hecho de forma natural. Hacer explotar los cartuchos ahora sería un fracaso total
— ¿Abandonamos presidente? — Le volvió a preguntar el oficial.
El presidente asomó la cabeza por el zaguán y se quedó mirando al enano cabeza de pájaro que lo esperaba con toda emoción.
—¿El ojo? – preguntó a su oficial aproximándole la cara.
—Ya no sangra.
— ¿Qué hora es?
— Es casi mediodía.
El presidente se dio vuelta en dirección a la multitud que lo esperaba y se quedó con la mirada fija en el enano cabeza de pájaro que saltaba él solo de emoción. Estaba cansado pero quiso ser bien enfático cuando se dirigió al oficial
— La escena es irrepetible Juan, la gente, las guirnaldas cayendo del cielo y yo abrazando al cara de pájaro ese, voy a estar orgulloso de verla mañana en todos los periódicos.
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